viernes, 26 de julio de 2013

La ciudad que da la espalda al mar

Me he tomado el tiempo de dejar que las palabras se apoderen de mi mente, quizá la saturación de información por los eventos que no dejan de acontecer me han llenado de muchos espacios sin nombres.

Ahora que el invierno es más frío que nunca veo como la ciudad se sumerge en sus sombras y aleja a todo extranjero que llego en busca de un nuevo camino conmigo.

Si las decisiones tomadas a veces pesan mucho.

Ahora que en ocasiones quiero salir de aquí es imposible. Las calles con sus árboles sin copa, la gente que camina y te cruza una mirada para luego evitarte, los micros a media noche mostrándote que está ciudad no descansa, me han atrapado. Sí, atrapado. Ya nada me puede sacar de aquí porque los pies se me han impregnado de tanto cemento que todo está estático.

Todas las noches veo miles de ojos perdidos entre las luces, veo el millón de vibraciones emitidas por el baile, o por esa única forma de soltar la energía que a nadie más le puedes dar, y de nada sirve sentirlo, siempre parece igual. La monotonía es buena adueñándose de los segundos en que no queremos pensar nada.

¿Será que en medio de tantas nuevas calles, sonidos, olores, sensaciones, está algo que ilumine de verdad esta masa de cemento que ahora se hace llamar casa?

Es difícil desear cuando se le da la espalda al mar, es difícil sentir cuando todos tienen miedo de hacerlo, es difícil obviar cuando todo parece tener tanto valor.

Menos mal no soy de aquí sino, seguro, ya no sentiría ni estas letras que no son nada.